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Cómo ser heavy (II)

Hola a todos de nuevo. Hace ya bastante tiempo desde la aparición del primer capítulo de la serie “cómo ser heavy”, dedicado a esos jóvenes que no tienen claro qué hacer para convertirse en parte de una tribu urbana. Dado que me consta que aún hay mucho adolescente perdido twiteando sin control, voy a dejarles la segunda parte, que podríamos titular: cómo acudir a tu primer concierto de heavy metal.
Para poder seguir este capítulo, vamos a asumir que habéis aprendido todo lo comentado en la primera parte de nuestro how-to casero para ser heavy. A partir de aquí y, tras una minuciosa lectura de lo que sigue, tendréis capacidad para asistir a un concierto de pequeña/mediana magnitud en vuestra cuidad.

Lo primero que tenéis que hacer es enteraros de dónde se celebra un concierto de metal (y no me refiero a una orquesta únicamente formada por trompetas). Como ahora ya debéis tener un pub metalero al que llamáis segunda casa, para encontrar un concierto, sólo tenéis que mirar a una de las paredes. Allí, entre anuncios de “se busca guitarrista”, “cantante busca grupo influencias Halford, Raphael”, veréis otros carteles, de imprenta (muy chulos ellos) que anuncian conciertos. Si ya habéis conseguido encontrar un grupo que os guste (difícil lo veo ya que cada semana cambiáis de gustos) y éste aparece anunciado, no os lo penséis, ése es vuestro concierto. En caso contrario, elegid el que tenga el nombre más molón. Ahora dirigid la vista hacia la parte inferior donde pone “venta de entradas en”, dirigíos a uno de esos puntos, soltad 20€ y ya tenéis la entrada. La entrada es ya en sí mismo un trofeo. Tendréis que plastificarla y colgarla en la pared cuando termine el concierto, así que cuidadla. No podemos doblarla.

Una vez llegado el día del concierto, tened en mente que hay que llegar como mínimo una hora antes de la apertura de puertas para poder beber antes de entrar. La cerveza y licores de ambrosía varios son caros en el establecimiento, y el heavy no suele andar muy sobrado de pasta. Así que poneos cuanto antes vuestras mejores galas de metalhead y salid a la calle. Tendréis que saber dónde está la sala, pero esto es sencillo: os acercáis a la zona en que creáis que está, y buscáis un local donde la gente haga cola de forma desordenada, en grupos, nunca en fila. El heavy está tan seguro de que entrará, y le importa tan poco en qué posición, que pasa abiertamente de hacer una cola al uso: se sienta en el suelo y disfruta de una agradable bebida en compañía.
Para llegar al local, lo suyo es que cojáis un coche cuanto más viejo mejor y lo carguéis de colegas y cerveza fría (si no tenéis los 18 podéis usar un carrito del Mercadona, pero la entrada en escena no será lo mismo). Metéis un disco del grupo más heavy que conozcáis a volumen Manowar, bajáis las ventanillas y aparecéis a velocidad lenta por delante de la puerta del garito donde se celebre el concierto, aparcando lo más cerca posible de la entrada. El hecho de bajar las ventanillas no es para vacilar cual bakala barriobajero, es porque el heavy ama la música y la comparte con sus hermanos, en un afán de conseguir la unidad de la humanidad con ese simple gesto. Ahora toca bajar del coche (sin apagar la música), abrir el maletero y empezar a despachar las litronas cual brebaje de Odín a la puertas del Valhalla.

Una vez pasado un rato tras la apertura de puertas, pasáis dentro del local y os vais directamente a la primera fila, como si hubiérais sido los primeros en entrar. Tendréis que apartar a mucha gente, pero nadie dijo que fuera fácil.
Antes de que comience el concierto tenéis que comentar las veces que los habéis visto, detallar cómo sonaban, las canciones que tocaron, alguna anécdota, etc. En vuestro caso, al ser novatos, seguramente aquí habléis de algún vídeo recién visto en Internet.
En cuanto empiece, toca acogerse a las normas básicas del metal. A saber: menear la cabeza con cada acorde hasta joderse las cervicales; corear cualquier cosa que diga el cantante y saludarle con los cuernos; mirar al guitarra/bajista/batería embobado y decir “qué bueno es el hijoputa”; gritar continuamente el nombre de la canción que más nos guste del grupo. Con esto, el concierto se os hará muy ameno y ya sólo os quedará lo último. En cuanto terminen y empiecen a tirar púas de guitarra, tenéis que conseguir una como sea, para tener inmortalizado el concierto para siempre en un trocito de plástico; todo el mundo tendrá la entrada, pero tú tendrás una púa.

Una vez terminado todo, tenéis que comentar con alguien, mientras echáis una meada, algún aspecto del concierto. Abandonáis el local canturreando alguna de las canciones inerpretadas y, seguidamente, todos los colegas juntos os volvéis a vuestro querido pub y termináis la noche entre risas y cervezas.
Y con estos sencillos consejos, ya habréis estado en/sobrevivido a vuestro primer concierto de Metal, y podréis vacilar en el “insti” de que estuvisteis dándoos empujones con mil peludos en un garito para quinientos, con un volumen ensordecedor. Os mirarán como a Edurne Pasabán, sí señor, ¡qué cojones!. Ahora os queda un reto más duro, un macrofestival. Para saber qué hacer en estos casos, podéis leer la s entradas anteriores de El Finntroll de mi Finntrolleria.

Cómo ser heavy (I)

El otro día, un amigo mío que se dedica a navegar por blogs y foros de adolescentes atribulados por sus problemas, me dio la idea de este post. Parece ser que, por ahí fuera, la gente se pregunta cómo ser algo. ¿Cómo puedo ser aficionado de la Selección? ¿Cómo puedo ser popero? ¿Qué hacer para ser Emo?. Pues bien, adolescentes sin personalidad alguna sedientos de camaleonizaros en algo que no sois ni sentís, aquí tenéis unos consejos sobre cómo ser heavy.

Para ser heavy, lo primero que hay que procurarse es la vestimenta. Dado que estamos en verano, os voy a proponer un estilo que, si bien no es el auténtico de metalero de libro, os permitirá ir cómodos a la par que molones (¿aún decís esto los jóvenes?). Tirad las converse y las camisetas con mensajes friki-ambiguos, y agenciaros el auténtico vestuario heavy. En primer lugar, una camiseta negra de algún grupo híper conocido: Iron Maiden, Metallica, Mötorhead, AC/DC, las de Manowar se llevan mucho, etc. Ahora unos bonitos pantalones cortos (o pirata a la altura del gemelo) con estampado militar. Todo esto lo completamos con un chaleco vaquero lleno de parches: un parche gigante en la espalda, un par de logos en la pechera, y toda clase de parchecillos de todos los grupos existentes posible en el resto de la chaqueta. Ahora esto lo rematamos con unas zapatillas negras de cualquier marca baratuna, una pulsera de pinchos en la muñeca y un colgante en forma de púa. Muy bien, queridos lectores, ya estáis vestidos de heavy. Sólo os falta dejaros el pelo largo, aunque ahora hay todo tipo de heavys el pelo largo es lo mejor. Y nada de largo amariconado recortando puntas, con que lo lavéis ya vale, la peluquería para las marujas. Los que llevéis la maldita “greña emo” sobre la cara ya estáis cortándoosla o integrándola hacia atrás en la melena.

Obviamente no todo es la apariencia (¿verdad?), así que tendréis que culturizaros un poco en la religión del metal. Lo primero que hay que hacer es elegir un grupo de los grandes como favorito y adoptarlo como Mesías. Aquí lo suyo es ser fan de AC/DC, Iron Maiden, Metallica... vamos, los mismos que la camiseta que hemos comprado. Seguidamente entraremos en un foro y buscaremos los discos que la gente dice que son los mejores. Aprovechad que estáis en el foro y quedaros con alguna frase lapidaria para utilizar en las conversaciones que tendréis con otros metaleros. Por ejemplo: “estos no harán un concierto como el de Donington del 88”, “Clive Burton si que le metía caña, éstos ya no tienen huevos”, “son los mejooooooresssss!”, “El De Maio es más heavy que una lluvia de hachas”, etc.
Continuaremos eligiendo uno de los mismos grupos de arriba para odiarlos a muerte. Gritar “son muy comerciales”, “dan asco”, “puta panda de drogadictos maricones” nos hará parecer que les odiamos más.
El ritual de aprendizaje sigue con el estudio de los grupos clásicos, que merecen todo el respeto del mundo. Aprenderse quienes son Black Sabbath, Led Zeppelín, Rainbow es de carácter obligado, así como conocer alguna de sus canciones.
Ya por último, tenéis que elegir un grupo minoritario para ser el fan número uno. Todo heavy tenemos un grupo poco apoyado a nivel masivo pero que nos vuelve loco. Suele ser un grupo local/nacional poco reconocido. Aquí lo tendréis más jodido porque en los foros no se habla mucho de ellos... pero si queréis ser heavys también hay que currárselo un poco. Cada vez que suene una canción de ellos (si es que suena) en algún garito, deberemos fliparnos como Angus Young pasado de anfetas (¿qué quién es Angus?, repasad el primer punto, id a la wikipedia por el amor de Dios, bueno de Satán que vais a ser heavys).
Con la excusa de escuchar en un “pafeto” alguna canción de los grupos que os habéis aprendido, podéis entablar conversación con alguien al que veáis que les gusta la banda. Mirarle a los ojos y decirle “son la polla” es un buen comienzo. Después haced algún comentario sobre la técnica del guitarra o la voz del cantante, y dejad que vuestro interlocutor lleve el resto de conversación, vosotros asentid levemente cada cierto tiempo, recordad que al fin y al cabo sois heavys de palo. No se os ocurra comparar a los miembros de un grupo con sus enemigos naturales. No os metáis en debates Megadeth-Metallica, Dio-Ozzy, Dickinson-Blaze, Helloween actuales o antiguos y un larguísimo etcétera. Aunque, pensándolo bien, a la mitad ni los conoceréis.

Vamos a proceder ahora a comentaros cómo comportaros. Primeramente, debéis de dejar de ir a los locales que acostumbráis, con nombres de mariconada cool tal como Ambrosía, Piruleto o Mareíto, y empezar a ir a los locales heavys de vuestra ciudad. Son esos que en lugar de proyectar luz la absorben y cada vez que se abre la puerta sale un estruendo del infierno. En cuanto entréis, id a la barra, llamad la atención del camarero cogiéndoos las muñecas a lo Manowar y pedid una cerveza, pero un litro. Nada de martinis con limón ni malibúses con piña, so nenazas, cerveza o whisky (jack daniels) y si puede ser todo junto mejor que mejor.
Una vez que estéis avituallados, debéis sentir la música. Cada acorde de guitarra es una patada en vuestras pelotas, cada solo una puñalada en el corazón. Hay que hacer como que tocáis la guitarra (técnicamente air guitar) mientras movéis la cabeza arriba y abajo como en trance. En este momento, a los ojos del resto de la clientela del bar ya parecéis normales. Conforme vayáis bebiendo cerveza, pasaréis de flipaos a flipaos borrachos, pero eso es justamente lo que os hace falta para llegar el lunes a clase con cara de muerte y poder vacilar al resto.

Si seguís este tópico mini manual de bolsillo, en una semana habréis conseguido pasar de lo que quiera que fuerais a ser el heavy de la semana. Habréis pillado una buena cogorza por primera vez en vuestra vida e incluso es posible que os hayan metido algún sopapo por decir algo inapropiado hablando con algún metalero. ¡Cuantas cósas para contar en vuestro photolog!, ¿no?
Próximamente hablaremos de cómo debéis acudir a un concierto de Metal, lo que vendría a ser algo así como un bautizo. Mientras tanto, seguid practicando las poses metaleras o, si es muy duro, haceos de lo que se lleve esta semana.

Sigue tu apredizaje para ser el perfecto heavy en "cómo ser heavy (II)".

La oficina de aquí al lado: Capítulo V - La subcontratación

Un buen día, mientras miraba las fotos de un diario local, Rosa Mari topó con la palabra “subcontrata”. Extrañada, le preguntó a su marido, quien le puso al corriente de lo que significaba. Esa noche, en sueños, le dio vueltas al tema y por la mañana había encontrado la solución a sus problemas: si subcontratar es pagar a alguien para que haga tu trabajo, y yo tengo algunos pringados bajo mi mando a los que no me hace falta pagar... subcontratar es que me hagan el trabajo por la cara.
Casualidades de la vida, este concepto casaba perfectamente con una nueva regla de su empresa respecto a la división de horas de los proyectos. Cada supervisor tenía un porcentaje del total de horas del trabajo, por analizar y revisar las tareas que los machacas hacemos, regla totalmente justa.
Rosa Mari, muy dada a cogerse el brazo cuando le dan la mano, es toda una maestra en alterar la relación porcentajes/tareas realizadas y no tardó en poner en práctica su plan maquiavélico.
Cada vez que le llega un trabajo, lo coge, lo lee, hace un random en su cabeza para elegir al desgraciado que pagará el pato y lo asigna. No le importa la carga de trabajo del susodicho sujeto. Seguidamente, suelta una frase del tipo: esa es parecida a otra que te he puesto... en teoría no es más difícil. Y aquí finaliza su análisis. Coge el teléfono, llama al jefe de proyecto y le dice que ya ha asignado a alguien para la tarea sonriendo satisfecha. El jefe, aprovecha la llamada y le reprocha alguna de las tareas retrasadas que acumula, lo que desemboca en muchos minutos de quejas sobre lo mucho que la agobian.
A todo esto, los currelas ya nos hemos puesto a trabajar en los regalitos de Rosa Mari. Analizamos, contrastamos, programamos, parametrizamos, instalamos y lo que haga falta. Una vez acabado le comunicamos la feliz noticia a Rosa Mari. Ella te mira con desconfianza y realiza una sarta de “preguntas sandez” que a mí, personalmente, me irritan sobremanera. Para que todos lo entendamos, es como decir que hemos terminado de construir un coche y se nos preguntara si hemos puesto cerradura y tapón en los neumáticos.
Esto ocurre si todo va bien, pero si no podemos arreglárnoslas a solas viene lo que yo llamo “bucle-espacio-temporal-rosamárico”. La cosa va así:
- Rosa, que esto no lo veo claro, a ver si me puedes echar una mano que necesito que me digas si realmente es así o utiliza el protocolo antiguo en otra cadena.
- Sí, ahora me pongo... pero es igual a la otra que te he puesto... míralo y ahora te digo.
Esto se repite hora tras hora y día tras día:
- Rosa, que el tema de los nodos estructurados sigue parado, que no puedo seguir si no me dices tal o cual.
- Sí, sí, en eso estoy... en cuanto acabe esto te lo miro.
Así hasta que le llaman la atención por no cumplir los plazos, que será cuando nos apretará (hasta las tantas si hace falta) para que encontremos la solución tras preguntarnos si hemos puesto el tapón a los neumáticos.
Y en este tipo de casos se produce el conocido “efecto-echar-mieda-en-ventilador”. Rosa Mari empuña el teléfono, llama al sujeto B a su mando y le cuenta que tenemos problemas y nos ayude: ya somos dos con problemas. Si ese segundo tiene problemas, ella llamará a un tercero para distraerle de sus quehaceres, tenerlo enganchado al teléfono y que encuentre la solución al problema del sujeto B, es decir, nuestro problema, realmente el problema de Rosa Mari o, lo que es lo mismo, aquello que le pagan por hacer.
Finalmente, cuando todo ha acabado, bien por la vía rápida bien por la lenta, ella te pregunta cuánto te ha costado. Tú dices que, por ejemplo, 10 horas. Ella hace el cálculo y te comunica el resultado: 10 para ti, por la tabla me tocan otras 4 para mí... le voy a poner 16 por si hay que hacer algo más (es decir, para quedármelas yo).
Luego vendrán las quejas cuando se acerca la hora de salir porque, entre llamar a casa y pedir hora en la peluquería, no ha podido terminar tal cosa y no tiene horas de proyecto que agenciarse
Y es que Rosa Mari sería cojonuda como sustitutivo del Viagra: te altera el ritmo cardíaco, te pone tenso, es retardante y te hincha las pelotas.

La oficina de aquí al lado: Capítulo IV - Ortografía de andar por casa

En la época en que Rosa Mari iba al colegio para aprender a sumar y escribir, no se estilaban los cuadernillos Rubio. Un paciente profesor de pelo cano, les daba la espalda mientras escribía con tiza blanca las normas básicas de ortografía en clase de lengua.
Rosa Mari siempre pensó que la clase de lengua iba sobre darle a la húmeda, así que siempre anduvo algo perdida entre tanto sintagma nominal y pretérito imperfecto.
Tras muchos años tomando apuntes y redactando memorias en la universidad, llegó a perfeccionar la construcción de las frases hasta niveles que nunca llegó a imaginar, sin embargo, en los años de letargo que siguieron fue perdiendo práctica y olvidando las normas ortográficas. Al fin y al cabo, le contaron que los procesadores de texto llevan correctores, así que no tenía que preocuparse por eso.
No es raro encontrarse a Rosa Mari preguntando si “hecho” va con h o sin ella. Las primeras veces te animas a explicarle que si es del verbo hacer entonces sí, pero a la tercera vez en la misma semana optas por hacerte el loco y murmurar algo. Ella preguntará de nuevo, añadiendo el ya conocido “es que nunca me acuerdo” hasta que alguien se lo diga.
Podríamos pensar que todo el mundo tiene lapsus de vez en cuando, que a todos nos baila un acento de vez en cuando, pero lo de ella roza el absurdo. Recuerdo un día, en que se dedicó a discutir con el técnico de mantenimiento sobre su nombre de usuario. Ella le decía continuamente su usuario añadiendo la coletilla “sin acento” (su apellido puede escribirse con o sin él). El nombre de usuario, donde ella trabaja, se compone de la primera letra de su nombre y el resto de su apellido... siempre en minúsculas y sin caracteres especiales. Su compañero se lo recordó entre risas, a lo que ella objetó: “bueno, pues por si él no lo sabe”. Claro, el señor de sistemas que lleva aquí desde el primer día no sabe nada de nombres de usuario.
Pero esto no es nada. El otro día, mientras mandaba un mail preguntó en alto para que lo oyéramos toda la mesa: ¿Fernández lleva acento o no?.
El tal Fernández, para más inri, es alguien con el que se manda correos diarios y el propio gestor de correo le pone el nombre bien escrito.
Su compañero, tan mordaz como siempre, le dice que Fernández lleva acento “desde que se inventaron los acentos, antes no lo sé”. Ella, le hace caso omiso, y empieza a murmurar palabras arcanas: “llanas y esdrújulas, acabadas en a, e..., ¿s, n?... no, agudas en ón, en... ¿cómo era?, nunca me acuerdo”.
Yo me deshuevo totalmente, miro al de mi lado (el que le hizo el comentario anterior) y empezamos a morirnos de risa allí mismo. Ante tal ajetreo, desde la mesa de detrás, alguien suelta: “va a ser mejor que tus hijos vayan pronto al colegio porqueeee...”. Ahí el descojono ya es total. Todos riéndonos de las ocurrencias de la buena de Rosa Mari. Ante tal humillación pública ella se defiende con su mejor argumento: “es que mi apellido puede escribirse de las dos formas, no es un tipo de palabra definido, a veces lleva acento y otras no”.
Personalmente, creo que entre estas y otras meteduras de pata que no recuerdo bien, deberían de ir reservándole un asiento en la Real Academia Española de la Lengua. Al ladito de Pérez-Reverte, el del capitán Pichatriste. Me los puedo imaginar debatiendo sobre la inclusión de anglicismos. Rosa Mari fijo que preguntaría: ¿pero esto no era la academia de español?.

La oficina de aquí al lado: Capítulo III - El aperitivo furtivo

No hace mucho, una compañera de trabajo de Rosa Mari dejó la empresa tras muchos años de servicio. Trabajaba en otro grupo y para otro cliente, con lo que nunca llegó a estar codo con codo junto a Rosa Mari, por lo que no había motivo para la tristeza.
Los compañeros de mesa y amigos de la prófuga, le organizaron un pequeño piscolabis con regalo incluido para que siempre les recordara. Juntaron dinerito a medias, compraron pastitas y bombones, y esperaron el momento.
Un viernes a las 12 es una hora perfecta para desfaenar durante un buen rato, así que, llegado el momento, dispusieron la comida en una mesa donde había espacio libre (¡oh, qué deliciosa casualidad!): la mesa de Rosa Mari. Concretamente las bandejas del convite estaban dos puestos más allá del suyo, con lo que no tenía acceso a ellas salvo pasando por encima de su compañero.
A partir de este momento, todo dejó de tener sentido para Rosa Mari y sólo podía concentrarse en el profundo dilema moral que le causaba el aperitivo de despedida: ella tenía hambre, quería comer… pero no había pagado. Inmediatamente nos pregunta a todos si hemos pagado. Una pregunta de lo más absurda ya que ninguno habíamos trabajado con la que se iba, pero claro, no fuera a ser que nosotros pudiéramos comer y ella no.
En el grupo de la chica que se marchaba comen, ríen y hablan con su compañera bajo la atenta mirada de Rosa Mari. Como están en la mesa de mi lado, uno de ellos nos dice a todos que podemos comer algo si nos apetece, que hay suficiente. Es el momento que ella estaba esperando, sin embargo, Rosa Mari pone la cara más digna que puede y suelta un: “no gracias, que no tengo hambre”. Pasa el rato y finalmente termina la fiestecita, quedando varias bandejas con empanadillas, bombones y demás pastas.
Cuando ya es obvio que los festeros no van a tocar nada más y, ante la proximidad de la hora de comer, aprovecho uno de los viajes de vuelta del baño para coger una empanadilla de espinacas con total impunidad. No pasa ni una centésima de segundo y la voz de Rosa Mari se alza del silencio: “¿Tú has pagado acaso? ¿Por qué comes...? Pues si tú comes yo también”. Hago caso omiso ante un razonamiento tan profundo y me siento a comerme la empanadilla con tranquilidad. Rosa Mari no tarda en pedirle a su compañero (el que está junto a ella justo al lado de la comida) que le pase una empanadilla a ella. Furtivamente, escondiéndola bajo la mesa tras cada bocado y mirando de reojo a la mesa de la chica que se iba, se la termina. No pasan ni cinco minutos y ya le está pidiendo otra a su compañero. A éste le entra la risa y le dice que se la coja ella, ya que ahora él no llega y también tendría que levantarse a por la comida.
A partir de este momento, asisto a la escena más ridícula que puede protagonizar un adulto: durante los minutos siguientes, Rosa Mari lloriquea y se queja cual niño pequeño para que le den lo que quiere. Me harto de oír tanta tontería, así que me levanto, cojo la bandeja y se la tiendo. Su compañero coge una pasta, mientras que ella duda, mira de reojo al otro grupo y al final la coge escondiéndola al momento tras el monitor del ordenador, a la vez que me dedica una mirada acusadora por haber revelado que ella estaba comiendo algo que no le pertenecía.
Una vez que ya ha sucumbido a la gula, no puede dejar pasar el festín gratuito que tiene al alcance de la mano. Rosa Mari alarga ligeramente su salida del trabajo -aprovechando que la gente que trabaja para otros clientes sale media hora antes- y antes de irse rellena su bolso con los restos de la fiesta, dejando cuatro tonterías para que no parezca abuso.
Misión cumplida, Rosa Mari comió gratis el viernes.

La oficina de aquí al lado: Capítulo II - Rosa Mari y el ecologismo.

Para alguien que vive en una gran ciudad, el término ecologismo no es sencillo de explicar. Más allá de saber de Greenpeace, estar acostumbrado a los contenedores de colores por las calles, quejarse de la falta de zonas verdes y lamentarse de la extinción de los pandas, el movimiento adquiere un borroso significado.
Ser ecologista es bueno, ya que demuestra lo altamente concienciado que estás sobre el sufrimiento de la Madre Tierra. Si además has plantado un pequeño arbolito en el parque de debajo de tu casa, tu conciencia cívica es irrefutable y ya puedes caminar orgulloso por el mundo como heraldo del ecologismo que eres.
Rosa Mari es ecologista, aunque realmente no tenga ni idea de qué significa serlo. Ella simplemente lo necesita para sumar un punto de carisma a su estatus social. Alrededor de su ordenador, una jungla de cactus y pequeñas plantas de sobremesa, simbolizan su amor por la vida vegetal. Aunque realmente, el motivo de su pequeño jardín es la construcción de un inexpugnable escudo antirradiación. Ante la muerte de alguno de los pequeños cactus, Rosa Mari exclamará al cielo “¿por qué se me mueren todas las plantas que pongo aquí?”. Si alguno de sus compañeros se digna a responder lo de los rayos magnéticos, ella pensará que si no llega a ser por el pobre cactus su cerebro acabaría así en pocos meses. Al fin y al cabo el sistema ecologista funciona, Rosa Mari planta un árbol y el cactus le salva la vida.
Recientemente, en su empresa, los directivos pensaron que reducirían gastos induciendo a un menor gasto de papel, así como reduciendo el consumo de tinta de impresora. Así que los brillantes cerebros de marketing diseñaron una reluciente frase para que los de gestión interna presentaran a la plantilla. Apelando al sentido ecológico individual, tan de moda en estos tiempos que corren, se decidió incluir en todos los mensajes de correo electrónico un par de líneas que recordaran el gasto que supone generar un kilo de papel. Remarcando que únicamente se imprima el e-mail si es realmente necesario.
Para Rosa Mari, todos sus e-mails son de vital importancia, por lo que no dudó en imprimir varios de ellos un par de veces ya que los primeros tenían un dato incorrecto.
Ante tal atentado a la vida vegetal, uno de sus compañeros en tono de broma de oficina, la mira y le dice:
- Rosa Mari, ¿para que imprimes tanto correo? ¿No has leído el letrerito de que cada tonelada de papel cuesta no se cuántos árboles?.
Ella se queda atónita intentado descifrar el verdadero mensaje que se esconde tras la irónica observación de su compañero y, sonriendo socarronamente le contesta:
- ¿Y? ¿Acaso los plantas tú los árboles?.
Y es que Rosa Mari es una ecologista.

La oficina de aquí al lado: Capítulo I - Mi casa, mi teléfono

Rosa Mari acostumbra a comenzar la jornada laboral alrededor de unos 20 minutos por encima de las 8:00 para evitar los atascos en el ascensor. Se sienta en su mesa tras comentar lo difícil que es aparcar de buena mañana y, entre resoplidos de estrés traído de casa, empuña el teléfono.
Mientras se inicia el ordenador, llama a alguno de los desarrolladores a su cargo y le acosa con preguntas sobre la tarea que le dejó ayer pendiente cuando ella se fue para casa. Preguntas que verá respondidas en e-mails que únicamente leerá después de la explicación del propio autor del e-mail. En la hora siguiente, se dedicará a atribuirse las horas de los proyectos a conveniencia mientras reparte trabajo sin analizar a sus desarrolladores. Cuando tenga algún problema, llamará a su responsable para preguntarle aquello que a ella le pagan por saber y que, en definitiva, es lo que debería decir a los encargados de llevar sus proyectos. Pero Rosa Mari es así, necesita pasar la mayoría de su jornada pegada al teléfono, ya que si hablas por teléfono ocurren dos cosas: sólo el que está al otro lado puede molestarte, y eres mucho más importante. Gritar cosas como “…cámbiale el flag y déjalo retenido…” pueden subirte muchos puntos.
Cuando no hay demasiado que hablar con los compañeros de trabajo, lo mejor es llamar a casa. Una media de 5 llamadas diarias para preguntar por la abuela y los niños está bien.
El otro día, el técnico se dedicó a reconfigurar los teléfonos IP de su empresa. Rosa Mari, poco acostumbrada a tales ingenios de la humanidad, decidió que necesitaba llamar. Descuelga el auricular, se lo acerca al oído y obtiene un extraño crepitar desde el otro lado. Atónita, se queda mirando el auricular, vuelve a acercárselo al oído con el mismo resultado y, finalmente, observa la pantalla donde parpadea una frase: reconfiguring IP, wait to service restablishment. Rosa Mari mira la pantalla y asalta a su compañero:
- ¿Esto qué quiere decir, que no puedo llamar?.

Pasa un rato mientras se reconfiguran las IP, al parecer de Rosa Mari un rato eterno. Cada vez siente más y más ganas de llamar. Descuelga el auricular, se lo acerca al oído, maldice y repite la operación continuamente. Justifica su molesta acción para el resto de compañeros (que no dejan de oírla quejarse) con un “joooo, justo ahora que necesitaba llamar”. Es que también es casualidad, para sólo cuatro horitas que se pasa al teléfono y que coincida con las reconfiguraciones.
Pero al cabo de un poco más de espera, desaparece el fatal mensaje del LCD del teléfono. Como si le hubieran mandado una alerta a su cerebro, Rosa Mari reacciona, coge el teléfono y marca. Todo el mundo, por pura curiosidad, atiende a la conversación tan importante que debía tener ya que tal vez afecte a sus trabajos. Alguien descuelga al otro lado y Rosa Mari no se anda con rodeos:
- Soy yo…. ¿Ya habéis comido?.

La oficina de aquí al lado: Prólogo - Rosa Mari la analista

Rosa Mari es una analista altamente cualificada. Durante años estuvo al servicio de una de las mejores compañías del sector hasta que, debido al nivel de estrés acumulado, decidió cerrar aquella etapa de su vida y buscarse un trabajo cerca de casa. Era hora de dejar paso a la vida familiar.
El primer día que se sentó en su nuevo puesto, se dio cuenta de que muchas cosas habían cambiado. El sistema que tan bien conociera antaño nada tenía que ver con el complejo entramado de procesos al que ahora se enfrentaba. Sus compañeros que tanto la respetaron en sus días de responsable de grupo estrella estaban muy lejos de allí. Por si esto fuera poco, la máquina de café tenía dos opciones más que la de su anterior trabajo. Bastante esfuerzo costaba decidir entre solo o con leche, para encima tener que preocuparse por el amargo o dulce.
Entre bromas y amables conversaciones de almuerzo, sus nuevos compañeros trataban de descubrir si Rosa Mari era quien decía ser, o aprovechaba la oportunidad de forjarse una nueva identidad respaldada en un brillante pasado ficticio.
Pronto llegó el día de la primera nómina, y fue entonces cuando tanto ella como sus compañeros conocieron la verdad: era una programadora junior con el sueldo de un analista.
Las envidias comenzaron a aflorar entre sus subordinados, mientras ella se regodeaba en la ignorancia de que gustaba disfrutar. No tenía por qué saber cómo buscar el porcentaje de retención del IRPF, al fin y al cabo acababa de llegar a la empresa y aún debía aprender el sistema.
Lejos de demostrar la capacidad de asimilación y análisis de que hizo gala en el pasado, Rosa Mari prefirió pasar palabra y disfrutar de la nueva vida que podía disfrutar. Y estas son las anécdotas que pueblan su interminable jornada laboral de siete horas.

Last drop falls

Hoy, tras muchísimo tiempo sin escribir en el blog, me he decidido a poner algo.
Esta vez no voy a contar ninguna historia vestida de monólogo. Simplemente voy a escribir algunas líneas que espero me sirvan para forzarme a escribir en el futuro próximo.
Vengo pensando desde hace un tiempo en crear una serie de monólogos, como los que suelo publicar, dedicados al personal que pulula por mi oficina. Hoy, tras salir dos horas y algo por encima del fin de mi horario como colofón a algo que viene siendo habitual, he decidido llevarlo a cabo. Y por qué justamente hoy, pensaréis. Pues bien, por un lado pretendo criticar con algo de humor (que sería de los informáticos profesionales sin él) la situación a la que nos vemos sometidos en el mercado laboral, y por otro, es que se me han hinchado las pelotas tras ver cómo el ente que se sienta delante de mí ha estado tres horas al teléfono gestionando la renovación de su DNI, se ha marchado a su hora, y yo me he comido su marrón "sobre la bocina" y a costa de mi salud (y del ensayo de mi banda).
Ese ente se llama Rosa Mari, y será la protagonista. Un personaje redondo. Tal vez algunos creeréis que las historias son inventadas, otros veréis reflejado en ella a vuestro responsable de proyecto y otros ni lo leeréis. Pero bien os prometo que la serie estará basada en hechos reales.
El primer capítulo, este fin de semana.

Cantando bajo la lluvia

Todos hemos podido recordar estos meses pasados lo que es la lluvia y, una vez más, hemos podido comprobar que la humanidad no está preparada para un día de lluvia.
Para empezar, sobretodo en sitios donde no es habitual que llueva, te encuentras con que la gente lleva calzado normal. Que más da que se estropee, si yo me tengo que poner mis zapatitos de tacón de piel natural pues me los pongo y se acabó. ¿Que se me mojan los pies?, pues nada, esta noche arrugadillos como garbanzos.
Luego comprobamos que las ciudades no se construyeron para soportar lluvias. En cuanto han caído cuatro gotas, las alcantarillas rebosan, los semáforos se apagan, la luz se va y aparecen charcos hasta en superficies cóncavas. Mis preferidos son los charcos fantasma, esos charcos que tú no ves pero están ahí. Pasas a toda prisa para llegar cuanto antes a refugiarte en alguna parte y de repete oyes “chofffffffffff choffffff”. Miras hacia abajo y llevas el pantalón mojado hasta las rodillas, es inevitable.
Por otra parte, los conductores gozan los días de lluvia más que nadie. Van ahí a cubierto, mirándote con retintín desde detrás del parabrisas mientras tú te mojas como un pollo. Aquí es donde aparece el conductor hijodeputa, que aprovecha una calle estrecha con aceras estrechas, para pasar a toda velocidad y salpicar a todos los peatones de cintura para arriba.
Además, por si todo esto fuera poco, el peatón en día de lluvia se encuentra con dos problemas graves más. El primero es el alto índice de resbalabilidad que presentan los materiales de que se hacen las aceras de las ciudades y la pintura de los pasos de cebra. Vamos que o vas a pasito de tortuga para evitar las caídas y posteriores risas del público, o te compras unas zapatillas para lluvia como las ruedas de Alonso.
El segundo problema es más grave, ya que se trata de Ella. Sí, todos la conocemos aunque nadie sabe su nombre. Es esa abuelita de aspecto inocente y metro cuarenta de altura que te cruzas por la calle. En la mano empuña su paraguas del siglo XVIII, de esos de pinchos brutales como si fuera a irse al parque a recoger basura, que además tienen una especie de radios de metal acabados en punta que sostienen la tela. Cuando la ves aparecer en el horizonte ves que te mira: sabe que tienes miedo. Sigues acercándote, mientras ella te sigue mirando y se va posicionando en el centro de la acera. Entonces comprendes la verdad: la acera no es suficientemente ancha para los dos… y Ella no va a apartarse. Los pinchos de su paraguas te vienen a la altura de los ojos, ves como se acercan, ves como aprieta en puño y entonces se produce el choque. Resultado: te apartas en el último momento bajando a la calzada, chapoteas en un charco fantasma, un coche te pita, vuelves a la acera, el coche te salpica y acabas con los pantalones empapados.
Aquí es donde me llama la atención la ley no escrita de los paraguas. Se supone que si no llevas paraguas, los que sí que tienen deben dejarte pasar por debajo de las cornisas para protegerte. Se supone que cuando te cruzas con alguien debes apartar el paraguas hacia el lado contrario o subirlo. En la realidad todo se traduce en mantenerse seco uno mismo, proteger los ojos de los pinchos de los paraguas y que se jodan los demás.
Con todo esto, cuando llegamos donde íbamos hacemos una pinta ridícula, ya que no se sabe porqué, nadie va mojado excepto nosotros. Entonces aparece el graciosillo de turno (mientras dejas tu paraguas reglamentariamente en la papelera más cercana) que te suelta aquello de: “¡hombre tío!, ¿has venido nadando o qué?”. Tienes ganas de mandarlo a él a nadar en la piscina de Piraña, pero sonríes y balbuceas algo acerca de una abuela.

Zanjaventura Resort

Los accionistas mayoritarios de Zanjaventura, quedaron tan satisfechos con mi anterior crítica sobre la Fase I de su resort de ocio que, ni cortos ni perezosos, me han hecho merecedor del mayor de los honores. Un auténtico regalo para los sentidos, el alma y todo mi ser. ¡Han construido su parque temático alrededor de mi casa!
Así como Disneyland París fuera concebido para dejar en su seno el castillo de la Cenicienta (o de quien sea), Zanjaventura rodea mi casa por todas partes. Allá hasta donde alcanza mi vista se extienden sus atracciones.
Para empezar, un bonito foso rodea mi casa, ahora inexpugnable. Puentes colgantes, semejando los construidos en los albores de la humanidad, permiten cruzar el foso y llegar al otro lado. Bueno, llegar es algo que no tenemos seguro pues la ingeniería no es el fuerte de los constructores de puentes. Pero realmente no son zonas de paso, es la primera de las nuevas atracciones. Inspirada en un híbrido entre Piratas del Caribe y Humor Amarillo, cruzaremos los puentes chocando contra los que los crucen en la dirección contraria, al más puro estilo Gladiadores Americanos. O también podemos cruzar por el cemento fresco mientras nos persiguen al grito de “no mi pises el simento que li acabo di poné, pasa por la tabla gilipollaaaaaaa!!!!”, vamos, lo que viene a ser la segunda atracción novedad para la temporada.
Después, han ideado una atracción similar al Laberinto del Minotauro pero a cielo abierto y con la diferencia de que el minotauro es una excavadora de diez toneladas.
También tienen una atracción acuática similar al tren de la bruja, lo único es que no hay tren y el payaso de la escoba empuña una manguera con la que te llena del agua con hormigón que salpica al limpiar la hormigonera.
La última atracción incorporada es un túnel del terror, donde currelas armados con sierras mecánicas y radiales te persiguen echando chispas mientras esquivas toritos y demás maquinaria pesada.
Y por supuesto, mantienen su simulador de la II Guerra Mundial mejorado hasta el extremo: las trincheras son más amplias, permitiendo que los enemigos se escondan mejor y con el añadido de un episodio basado en la campaña en África, con dunas incluidas.
Pero aquí no acaba todo. Tienen un desfile que hace las delicias de todos los asistentes. Cada día, durante todo el tiempo que permanece abierto el parque, hay un bonito desfile de animación donde vehículos de todo tipo pasan haciendo ruido mientras sus conductores vociferan maldiciones. A esto hay que unirle los continuos conciertos de pico y pala en Do menor sostenido con arreglos de herramienta de motor de gasolina, ¡todo un regalo para los oídos!.

Y esto es todo lo que puedo contaros, si queréis ver más acudid al parque, no lo dudéis. Yo de momento os dejo que tengo que disfrutar de mi abono de temporada.

Estertores navideños

Hoy, cuando he salido a la calle bajo el frío aire matinal, he tenido la extraña sensación de que algo no estaba donde debería. He palpado los bolsillos de la chaqueta, pero todo estaba en su lugar. La obra de la calle de al lado seguía donde la dejaron ayer. Los coches aparcados en su sitio. He seguido caminando a fin de no llegar tarde al trabajo, escrutando el camino a ver si me daba cuenta de qué producía esa asfixiante sensación.
El dueño del bar de la plaza estaba fumando en la puerta como cada mañana, el repartidor de fruta llegaba al restaurante, las empleadas del banco estaban sentadas en sus puestos, las mismas personas de cada día se cruzaban conmigo… y seguía sin saber qué era.
De repente he girado la esquina que da a la avenida. Allí la sensación era más apabullante, algo faltaba en la escena. Me detengo de nuevo cabizbajo, incapaz de descifrar ese acertijo matinal. Mis congeladas neuronas se niegan a ponerse en marcha tan temprano, y como última opción miro a los cielos esperando la revelación. Todo es cuestión de décimas de segundo, la revelación no se hace esperar.
Una sonrisa acude a mis labios cuando descubro que las hordas de “Papá Noeles” que dominaban la ciudad se han marchado. Tal vez sea que esta noche llegan los Reyes Magos y los dueños de las viviendas, no quieren arriesgarse a que éstos se pasen de largo al ver que el viejo barrigudo ya ha pasado por ahí, o quizá se han cansado de colgar del dintel esperando a que alguien les abriera la ventana para dejar los regalos. Pero al fin y al cabo, estos muñecos con complejo de spiderman que han invadido ciudades a lo largo de todo el país (y que a mi me parecían monos amaestrados para robar en las casas) nos han dejado, y no volveremos a verlos en todo un año. Disfrutemos de este tiempo sin siquiera preguntarnos qué nueva plaga navideña asolará el País el año próximo.

¡Feliz año 2007 a todos, el único con licencia para matar!.

Poquet a poquet se fa paret

Llega septiembre. Mes de propósitos, planes, depresión postvacacional, atascos, vuelta al cole, colapsar gimnasios, reencuentros, cenas, vuelta a la rutina, papeleos, desembolsos importantes, obras inacabadas, programación de otoño y una larga lista. Pero si por algo se caracteriza septiembre no es por la vuelta de Gran Hermano, sino por los coleccionables.
Desde los más oscuros rincones de los almacenes más oscuros de las editoriales, planificados por la más oscura de las mentes de los oscuros trabajadores, llegan en masa, cientos y cientos de ellos. Atrapan a incautos quiosqueros en sus puestos de trabajo, obligándoles a venderte el periódico tras un inexpugnable muro de casitas de muñecas y abanicos del siglo XVIII.
La verdad es que hay coleccionables de todo tipo, aunque hoy en día se repiten más que la capa de Ramón García. Los hay absurdos, grotescos, curiosos, inútiles, llamativos, estrambóticos, vamos, para todos los gustos. Hay de esos de monta tu propia República Bananera con Cártel, en fáciles pasos, o construye tu propio Submarino Nuclear B-12. Que te paras a contarlo y te sale más barato comprar directamente el cacharrito de marras, además para cuando tengas todas las piezas (que no digo ya montado) a tu nieto le han salido canas.
Lo mejor de este tipo de colecciones es la planificación de la entrega de piezas. Siempre te dan una pieza lógica (entendamos lógica como una pieza por donde es viable comenzar la construcción) y otra de decoración, que no te sirve de nada hasta el final. Ejemplo: con la primera entrega, el núcleo del condensador de flujo de tu DeLorean para viajar en el tiempo y el perrito que mueve la cabeza para la bandeja de atrás, o con el primer fascículo un pilar maestro de la nave principal de tu catedral gótica y el tirador de acero forjado para la puerta.
Después están los coleccionables engañabobos. Relojes, abanicos, muñecas indochinas únicas de colección, y en el anuncio sale un vejete con pinta de artesano ancestral diciendo "nunca había visto uno/a como este", y te remarcan que son piezas únicas. Muy bien, ¿cómo van a ser únicas si es un coleccionable que tiene una tirada de 100.000 unidades?.
También está la regla de que la primera entrega tiene que valer menos de cinco euros, cuanto más bajo mejor para enganchar bien, y siempre que sea x euros 95 céntimos, que parece más barato.
Encima, cada año salen los mismos coleccionables pero con la cara lavada. El robot cutre de hace dos años ahora habla, y el año que viene será un cyborg. En lugar del coche de Alonso montamos el avión del Barón Rojo. La casa de muñecas chinas, ahora es de neozelandesas. Los abanicos sustituyen a los soldados medievales. Y así seguiremos hasta el fin de los días de la civilización moderna.
Bueno, pues yo os dejo que tengo que ir a comprar mi fascículo de crear mi propio Eje del Mal, con la primera entrega me viene un enriquecedor de plutonio y un turbante para mi jefe de estado.

La playa (pero no la peli de Di Caprio)

El otro día decidí cambiar mi moreno pantalla TFT por un moreno real, así que, ni corto ni perezoso, me planté en la playa. A pesar de no haber ido en todo el verano, la verdad es que vi cosas que nunca cambian.
Para empezar, los autobuses que llegan van más cargados que un tren indio. Se abren las puertas y la gente sale a reacción estilo marine americano, lo único que su objetivo es plantar la sombrilla en alguna parte. Pues bien, llegas a la playa, y lo primero que te encuentras es una gran extensión de arena ardiente. No importa que lleves chanclas, ni que haya pasarela de madera (normalmente demasiado corta), si no tienes las plantas de los pies como un hobbit parece que estés pasando por encima de la cenizas en la fiesta de San Juan.
Al final de nuestra travesía (tras haber cavado pequeños hoyos para enfriar los pies) llegas a una zona donde cabe tu toalla, así que la extiendes, miras al mar, y te tumbas. Disfrutas del olor del mar, de la brisa fresca. Ahora es el momento de ponernos bronceador a fin de evitar convertirnos en Rodolfo Langostino. Nos protegemos como buenamente podemos y ya estamos listos para tomar el sol.
Nos relajamos, oimos el rumor del agua, los sonidos de nuestro alrededor y nos empieza a entrar sueño. Seguimos disfrutando de nuestro disco de chill-out marino en directo, mientras cada vez los sonidos son más lejanos... y entonces aparece Él. Un personaje que nunca falta en las playas, no, no es el socorrista, tampoco el vendedor de alfombras. Es el niño de cerca de cinco años que corretea alegremente por la playa.
Justo en el momento en que estás a punto de lograr la paz interior, el niñito te corta el camino al Nirvana pasando por tu lado a toda velocidad, arrojando sobre ti toda la arena que es capaz de levantar. Te incorporas fastidiado, pero al fin y al cabo es un niño. Al momento el niño vuelve a pasar por tu lado, esta vez mojado, arrojándote arena y agua fría. Al cabo de una cuantas repeticiones te preguntas por qué con el sitio que hay siempre pasa por tu lado, que encima no le viene de camino. Como colofón, vuelve a aparecer el niño, pero esta vez seguido de su madre de volumen ligeramente mayor al de su hijo, así que la cantidad de arena sobre ti es esta vez aún mayor.
A estas alturas estas harto de tomar el sol, así que decides ir a bañarte, no sin antes recordarte que estás entre las sombrillas de San Miguel y Kodak. Conforme vas entrando en el agua fría, oyes un chapoteo acercarse y te giras a tiempo de ver al pequeñín entrar en tromba con el amiguito que ha hecho hoy salpicándote completamente. Claro, que si vas con amigos siempre hay uno que salpica a los demás, siempre. Bueno, como tenías que mojarte igualmente no le das demasiada importancia, y ya que estás en el mar decides estirar los músculos, así que nadas un poco hacia dentro. Pero la gente de alrededor te mira de forma inequívoca, en sus ojos se lee "¡mira!, ese va a mear".
Decides volver a un sitio donde hagas pie y te quedas ahí embobado un rato. Ensimismamiento del que te saca una pelota hinchable de Nivea. La recoges y se la devuelves al niño de antes que ya se ha montado un equipo de waterpolo. Al rato, un par más de chavales en barca pasan por tu lado casi arrollándote y tres más hacen volcar la colchoneta donde iba montada una jovencita. Y es que la playa tiene ese curioso efecto en la gente, te entran ganas irrefrenables de hundir la cabeza de los demás en el agua, de salpicarles y de hacerles todo tipo de perrerías acuáticas.
Al fin decides volverte a tu toalla. Llegas y te encuentras con ella llena de arena, así que no te queda más remedio que secarte al sol tras la ducha con agua dulce. Cuando vuelves a notar la piel caliente, es hora de irse, así que metes tu toalla llena de arena en tu mochila llena de arena, y te vuelves a casita. Un año más hemos cumplido con la ancestral tradición de ir a la playa.

Metallic way of life (El finntroll de mi finntrolleria III)

Ya estamos dentro de la zona de conciertos y ahora tenemos una primera misión: acercarnos a la caseta de tickets y comprar un montón de litros de cerveza, porque no podemos deshidratarnos y el calor suele ser agobiante.
Ahora hay que poner a prueba a las camareras de las barras y asegurarnos de que en momentos de necesidad nos atenderán rápidamente. Una vez con los suministros de cerveza en buen estado, nos acercamos al escenario donde están buscando a "Juantxu" insistentemente sin encontrarlo. Nos paramos a cierta distancia, nos hacemos la primera foto con el escenario a nuestras espaldas, y preguntamos aquello de "¿quién toca ahora?". Aquí es cuando hay que demostrar culturilla, véase el ejemplo:
-Tocan los "Deshollinadores de las Chimeneas del Infierno". No se que tocarán.
(Opción 1)-Ummm... me suena que tocan trash-power-alpino, algo parecido a "Mamoplastia" pero con más melodía.
(Opción 2)-Son trash-power-alpino, están guapos. Yo me bajé un par de discos y molan. Tienen un temazo que se llama "stones in the dark wood" que se sale, si lo tocan me da algo.
(Opción 3, la mejor)-Son trash-power-alpino. Yo les vi como teloneros de John Noone en Barcelona cuando vino en solitario con el bajista de los "Discípulos de Alf" y el bateria de "Atapuerca". No estuvieron mal, pero el sonido fatal, aunque el guitarra es bueno el cabrón, antes tocaba con un coro de monjes nepalís.
Ahora todos los de alrededor saben que controlamos de metal. Después de algunos comentarios banales sobre el tiempo de la zona, los grupos que queremos ver hoy y demás, es hora de que empiece el concierto y se dice aquello de "bueno, vamos a ver que tal estos", inmediatamente después aplaudiremos a la banda y silbaremos para animarles. Si nos gusta, nos giraremos hacia algún amigo y poniendo cara "quién lo iba a decir" comentaremos: Ah! Pues meten cañita los tipets. Dependiendo del grado de emoción, nos acercaremos a las primeras filas para intentar conseguir una púa (para cuando sean famosos) o nos quedaremos donde estamos, para despedirles con aplausos (aunque no nos hayan gustado, no es cuestión de desmoralizarles). Si el grupo toca alguna versión, o tienen una canción conocida, hay que decir aquello de "yo esa la toco con mi grupo, nos queda de puta madre, aunque el solo lo cambiamos un poco". Ahora hay que esperar una media hora hasta que empiece el siguiente concierto, así que miraremos a la peña y les diremos "bueno ¿qué?, una birra", la cual acompañaremos de comentarios del show, donde siempre hay que decir que el sonido estuvo mal y que el cantante no llegaba a los tonos altos, eso queda muy bien y parece que entiendes del tema.
Aprovechando que tocan unos que no nos gustan nada, recorreremos los tenderetes, donde podremos encontrar todo tipo de complementos heavy, desde anillos de calaveras a armaduras medievales completas, muy prácticas con este calor. Compraremos alguna chapa, pulsera o similar, y nos acercaremos a referescarnos a las barras. Luego nos iremos al escenario otra vez a ver al siguiente grupo, momento que aprovecharemos para quitarnos la camiseta y así poder lucir los tatuajes que tanto nos han costado.
Poco a poco, van pasando los grupos uno tras otro, anochece, y llega el momento del cabeza de cartel. Después de haber descubierto alguna banda y, gracias al nivel de alcohol, haber saltado como posesos en las primeras filas, llega nuestro favorito. Comentamos las veces que los hemos visto en los más variopintos lugares, y nos preparamos para recibirles.
Empieza el concierto, movemos la cabeza adelante y atrás, también meneamos la espalda, las piernas, esto es mejor que el método Pilates. Ahora llega el momento del "air guitar". Empezamos a emular a nuestros ídolos en nuestra guitarra imaginaria, ¡qué solos! ¡pedazo de riff!, no parece tan difícil, me sale de puta madre, parece hasta que toco yo. Extasiados tocan nuestro tema favorito, ¡ohhhhhh, siiiii!. Nos sabemos el set list de memoria, para algo son nuestro grupo predilecto, sabemos que van a hacer el bis, van a tocar ese tema que estamos esperando... la baladita. Porque, aunque un heavy nunca dirá que le gustan las baladas, a todos les encantan. El heavy es un ser que ama, siente y padece tras su dura coraza forjada de metal, en ocasiones perforada. En este momento, el heavy llama a su novia para conectar con ella a un nivel astral, y pasado el mágico momento, vuelve a ponerse la cota de malla, mirando alrededor a ver si alguien le ha visto. Nada, seguimos siendo el más duro del barrio. Nuestro ídolo termina el concierto con la recurrente frase (que siempre nos creemos) de "habéis sido el mejor público de toda mi vida, viva España, gracias y hasta pronto", y nos acercamos a la barra de nuevo con los ojos vidriosos, extasiados y contentos de la descarga que acabamos de ver. Comentamos con los colegas el concierto, y llegamos a la conclusión de que se han salido.
Ahora sólo queda ir a la tienda a dormir, un par de días más parecidos y vuelta a casa.

Metallic way of life (El finntroll de mi finntrolleria II)

En esta entrada vamos a ver cómo es la vida de un metalero (heavy común) en un festival de heavy metal.
La preparación del viaje es fundamental: una bolsa de deporte llena de camisetas negras, pantalones cortos con cadenas, mudas limpias, crema solar, tienda de campaña del carrefour y una bolsa nevera con mucha cerveza para el largo camino en autobús. Después de unas cuantas horas de viaje, con el autobús transformado en el "yellow submarine" de los Beatles, los tímpanos acostumbrándose a los decibelios con los recopilatorios de las bandas más punteras, se llega al festival. Y empiezan las aventuras.
El autobús para lejos de la acampada y tienes que cargar con todos tus pesados trastos, primero hasta entrada de la zona de conciertos, para que te marquen como al ganado con tu pulsera fluorescente, y luego deshacer el camino hasta la zona de acampada. Llegas con los brazos destrozados pero nunca lo dirás, ¿acaso no estás hecho de metal?, el dolor no existe para el heavy. Ya en la acampada, tienes que elegir sitio entre todos tus colegas para plantar el campamento base, y esto es más dificil que hacer que Pocholo se deje las drogas. Al final, se encuentra un sitio a gusto de todos, lejos de los servicios y duchas (para evitar las posibles riadas) y se procede al levantamiento de las tiendas.
Esto es francamente divertido. Abres tu nueva tienda orgulloso sabiendo que jamás volverá a caber en su funda, estiras las lonas, miras con escepticismo los palitos que forman el armazón, observas a tus compañeros y haces la pregunta que todo el mundo hace: ¿alguien sabe cómo coño va esto?. Mirando las instrucciones y, con los sabios consejos de todo el que te ve montar la tienda, acabas construyendo tu morada. Le haces fotos para que luego todos vean lo bien que te quedó, pero por dentro piensas "no se si esto va a aguantar mucho", y dices a los de alrededor aquello de "bueno, mientras que no llueva ni haga aire, bien". Eso es seguridad, si señor, una tienda que resiste a los elementos como ninguna.
Ahora procedemos a amueblar la tienda de campaña, porque al heavy, al contrario de lo que se piensa, le gusta dormir como un señor, ya lo dijo Tolkien "...era una tienda heavy, y eso significa comodidad". Cogemos la colchoneta con cubierta de pelillos que hacen que no se enfríe el plástico por la noche, y procedemos a hincharla, pero entre el cierre de seguridad y nuestros maltrechos pulmones nos tiramos casi una hora para hincharla totalmente. Caras rojas como tomates, agujetas en los labios de tanto soplar y casi sin poder respirar, pero ha valido la pena. Ahora se establece las tiendas que guardarán la comida y las del resto de materiales, y ya casi estamos listos para ir a la zona de conciertos.
Ponemos el arroz para que se haga al horno en la tienda (las temperaturas alcanzadas durante el día dentro de una tienda del metal llegan a ser increíbles) y revisamos nuestra indumentaria. Camiseta negra de algún grupo que nos guste, chaleco vaquero lleno de parches por encima fabricado con una vieja chaqueta, pantalones cortos para evitar el calor, zapatillas de montaña para poder estar de pie mucho rato, cadenas, anillos, gafas de sol, bronceador para no quemarnos, cámara de fotos y ya estamos listos. Aunque también puede irse disfrazado de estrella del rock o de Obelix, como en el último evento.
No volveremos al campamento hasta bien entrada la noche, cuando tras montar algo de jaleo, se dormirá como bebés un par de horas hasta que amanezca. Tras levantarnos, inmediatamente nos acicalaremos en las duchas comunales unisex y procederemos a desayunar. Medio escondidos en la tienda, nos tomaremos un zumito o similar con alguna magdalena, pero un poco después, haremos ver que nuestro verdadero desayuno es un litro de cerveza, porque ante todo somos duros.
Y ahora si que si, ha llegado la hora de ir a los conciertos. Caminamos animadamente hasta la entrada, con la cámara de fotos escondida en alguna parte de nuestra indumentaria por el tema de los derechos de autor, y tras las miradas de los seguratas entramos.
Más en la próxima entrada.

El finntroll de mi finntrolleria

Recientemente, he viajado a las ancestrales tierras del Norte a través de vastas llanuras y escarpadas montañas, para encontrarme con los dioses del metal venidos de los atrios del Valhalla. O lo que es lo mismo, asisití a la segunda edición del Metalway Festival celebrado en la localidad vasca de Gernika (y ya van 4 grandes slam).
La verdad es que el festival estuvo muy bien y, como siempre, hubo de todo: buen rollo, un servicio decente, buenas actuaciones, precios abusivos, sorpresas matinales y demás.
Pero el aparte de para entender por qué Tobias Sammet persiguió a Sharon Den Adel durante dos Avantasias, preguntarnos cuándo dejará el cigarro Michael Weikath, comprobar que Mille Petrozza sigue gritando más que un árabe matando infieles, verificar que Angela Gossow canta como canta, pensar en cuánto le falta al bueno de Hansi Kürch para dar a luz o por qué los viejos rockeros nunca mueren, el festival sirvió para observar todo tipo de curiosidades que merecen ser comentadas aparte, fieles al estilo de esta página.
Así que en las próximas semanas espero compilar las mejores anécdotas y dar a conocer el maravilloso mundo de los festivales de Heavy Metal. Mientras tanto, ¡por el ojo sano de Odín!, buscad algo que hacer.

La búsqueda

En este continuo padecer que es el día a día, he tenido la fortuna de experimentar la diversión en el más extremo de sus grados. Si pensábais que no se puede disfrutar más que en Zanjaventura, estábais equivocados y, espero que la siguiente historia os inspire a la hora de pasarlo bien.
Dicen que dentro de un coche pueden vivirse experiencias increíbles, seguramente hablarán de esto. Resulta que yo vivo en una zona relativamente céntrica de la ciudad, en una calle que soporta un gran porcentaje del tráfico rodado, y por esto tuve que adquirir un bonito garaje cercano a casa. Hasta aquí todo muy bonito, pero el otro día, por culpa de los responsables de Zanjaventura, tuve que buscar aparcamiento a las dos del mediodía de un sábado. Bajaba yo antes de lo normal, contento e ignorante, pensando en ese platito en la mesa esperándome, cuando al encarar la puerta del garaje me sale al paso un señor con bigote, casco y mono azul, que entre gestos similares al baile del aserejé y monosílabos me indica algo así como "no se puede entrar, cemento secándose". Yo le acribillo con la mirada al más puro estilo Bruce Willis y me digo "él no tiene la culpa, sólo hace su trabajo". Así que nada, me dispongo a buscar aparcamiento (aún de buen humor). Empiezo a dar vueltas a la manzana y me encuentro con que hasta las esquinas están ocupadas, así como pasos de cebra, paradas de autobús y accesos para minusválidos. Un señor había aparcado dentro de un chino de esos de todo a cien, porque como nunca cierran luego puede sacar el coche sin problemas. Mi indignación va creciendo conforme pasan los minutos, sigo dando vueltas sin parar, cuando veo un hueco me lo he pasado y tengo que dar la vuelta, pero cuando llego ya no hay hueco, sólo una familia feliz bajando de un monovolumen mientras el padre dice "mira, a la primera, para que luego digan que es difícil aparcar". Aunque aún es peor cuando encuentras un sitio, y ves en él a una mujerzuela que te dice que lo está reservando para su marido, y ahí el que te reservas de mandarlos a la mierda eres tú.
Llevo tantas vueltas a la manzana que en la esquina hay un señor que cada vez que paso me saca un letrero con el tiempo que me lleva Alonso de ventaja. El plato en la mesa debe ser ya una especialidad noruega, por lo frío que tiene que estar. Así que decido concentrarme en la búsqueda y como todo el mundo, apago la radio. Con esto incremento la fiabilidad y potencia de mis sentidos, ahora puedo oír motores que se encienden, soy casi un jedi... pero nadie se mueve de su sitio. Voy incrementando el radio de las vueltas, visitando calles de los alrededores, pero allí tampoco hay sitio. Ajeno a que mientras esté en los alrededores hay un sitio libre justo delante de mi casa que llegaré a ver cómo ocupa el coche de delante de mi, sigo mi búsqueda. Los ojos me van de lado a lado a la velocidad del rayo -calcadito al dibujo del marine del Doom II que salía en la parte de abajo de la pantalla-, el coche casi calándose para poder reaccionar a tiempo. Doy tantas vueltas al barrio, que si tuviera un coche de bomberos a la izquierda y una olla de caníbales delante creería estar en el tiovivo. Un vejete en un semáforo me dice que él lleva desde el 74 buscando aparcamiento.
Mi madre me llama por el móvil -previa parada en doble fila, que hablar por el móvil mientras conduces es delito-, lo cojo, y me pregunta si me han hecho un secuestro express o me he ido al Caribe sin avisar. Que el plato de comida se enfría, y encima echándome la culpa de mi tardanza. Claro, todos esperándome para comer y, egoísta de mí, gozando en un coche más que Pocholo en un after.
Estoy ya tan cabreado que decido dejarlo encima de la acera, justo en el momento en que aparece un coche de policía y con aquello de "circule caballero" me hace desistir. Ahora empiezo a desear que inventen el botoncito que convierte el coche en una cápsula que te cabe en el bolsillo, al más puro estilo Dragon Ball. También me ronda por la cabeza el presupuesto necesario para mantener un helicóptero, que me ahorraría atascos y podría aparcar en la terraza de casa. Casi una hora dando vueltas, estoy por llamar a mi padre y que baje a dar unas vueltas mientras yo como, algo parecido a las 24 horas de Le Mans. Realmente esto de aparcar es como el juego infantil de las sillitas, pero aquí, en lugar de haber una silla menos que el número de participantes, sólo hay una silla por cada cien participantes.
Al final, después de intentar aparcar dentro del ayuntamiento para que viniera la grúa y me lo aparcara en el depósito municipal, justo cuando iba ya a planificar mi vida dentro del coche, dónde poner la tele y dónde el microondas, encontré un sitio cojonudo -también llamado sitiazo-. Estaba ahí, sin nadie que lo ocupara, espacioso. Con ojos llenos de lágrimas, completo la maniobra que tantos suspensos provoca en las autoescuelas, bajo del coche y miro lo bien aparcadito que está, a la sombra de un cartel con el nombre de mi ciudad tachado en rojo.

El Día de la Bestia

Como todos sabemos de haber oído en alguna parte, hoy 6-6-2006 es el día de la Bestia. Muchas mujeres embarazadas que salían de cuentas hoy, han pedido a sus ginecólogos que retrasaran el parto, ya que hoy se supone que nacerá el Anticristo. Y digo yo, menudo pedazo de médico el ginecólogo de la señora de Satán, ¿no?. Nada de eso de, "más o menos por la primera semana de junio", no, el tío le suelta: su hijo nacerá el 6 de junio del 2006. Claro que la señora Satán se quedaría algo extrañada: pero oiga, que estamos a 15 de octubre de 1998. Pues nada, más tiempo para ir ahorrando para los pañales.
Entonces, si hoy nace el hijo de Satán, estas fechas deben ser las Navidades Satánicas. Si en las cristianas nos visita Papá Noel, ¿aquí quien viene? ¿Charles Manson?. Anda que los Reyes Magos Satánicos también serán buenos, ¿Hitler, Vlad el Empalador y Nerón?, ¿Enrique VIII, Torquemada y Bush?. Y en lugar de incienso, oro y mirra, ¿qué le traerán al niño Satanín? ¿Una botella de whisky para que vaya haciendo botellón, un cargo de concejal en Marbella y un poco de costo?. Además sería curiosa la anunciación, ¿no? En lugar del Arcángel San Gabriel, se le aparece el Ángel Caído a una doncella virgen y pura -estilo Nuria Bermúdez- y le dice:
- Por arte maligna te has quedado preñada de Satán.
- ¡Ah! ¿Pero ese jugaba en el Madrid?.
Total, que marido cornudo aparte, va pasando el tiempo y a la señora ya se le va notando el embarazo. El marido, mosqueado le pregunta si le ha sido infiel, porque esa tripa no es normal. Ella puede pasarse un tiempo contestando aquello de "no, es que me gusta cenar fuerte" o "no cariño, son aires". Pero claro, al tiempo se nota, y ella tiene que reconocer que está embarazada. Claro, en la versión José satánica, él es también bueno -y tonto- y perdona a la muchachilla. Pero cuando ella le dice, "cariño, pon la mano, mira cómo se le notan ya los cuernecillos", pues ya se mosquea y la manda al Infierno. Que es como darle un billete de primera clase para que se vaya con el amante, Satán en persona en este caso.
Y bueno, luego ya vendría el nacimiento que igual se celebra en un puticlub barato, que sería la versión satánica del establo, en vez de pastores proxenetas. Pero a partir de aquí, como en su día con Jesús, todo es misterio.
En este caso el chaval, ¿nace haciendo cuernos y con una camiseta de Cradle of Filth?. Y lo que es más, si Satán es el Señor de las Tinieblas, y Ozzy Osbourne el Príncipe de las Tinieblas, ¿qué puesto ocupará el recién nacido en la línea sucesoria?. ¿Son Mick Jagger y Keith Richards -sus satánicas majestades- los padres del Anticristo?. ¿A quién se parecerá más el bebé, al padre o a la madre?. ¿Y si la madre le ha sido infiel a su vez a Satán y en lugar de rojo y con cuernos, el niño sale negro y los cuernos los lleva el padre?. ¿Tendrá que ir Satanín a la universidad de Diablos?. ¿Cuando sea mayor, se casará con la del telediario del Infierno o con la becaria de la Cope?. ¿Tendrá que inaugurar la autopista al infierno con un acto en que toquen AC/DC?. ¿Podrá construir suficientes VPO para toda la gente que mandamos al Infierno?. ¿Tendrá una abuela que le hinche a comer?. ¿Y una tía que le diga a la madre aquello de: ¡uy! ¡qué gordo se te está poniendo el niño, no le des tanto bollicao!?.
En fin, sea como sea, tendremos que esperar a que pase el tiempo, el niño crezca y llegue a presidente de algún país, para contestar estas dudas.

Más pensamientos húmedos

Hace poco, metido en la ducha -lugar en que como habréis visto suelo pensar mucho-, me asaltó un nuevo pensamiento: ¿quién diseña los botes de gel, especialmente los de formato ahorro? Sí, esas garrafas de jabón que parecen un chupito de Ernesto de Hannover.
Yo creo que, de nuevo, el diseñador de este artilugio hace su trabajo expresamente para dificultar la tarea de ducharse a la humanidad. Llega el momento de coger el bote de gel, y nos encontramos con que el 30% gratis hace que sea el dobe de ancho de lo normal, con lo que sólo puedes abarcarlo con las dos manos, con la dificultad añadida de tenerlas húmedas. Si intentas cogerlo con una sóla pueden ocurrirte dos cosas: o te haces un esguince en la mano de tanto abrirla o, la más probable, que se te caiga el bote al suelo de la bañera. Pero esto no es tan fácil como caerse y ya está, en su recorrido, la naturaleza del bote de gel formato ahorro, provoca que la trayectoria describa una curva de forma que siempre caerá barriendo el resto de botes apilados en la rinconera o borde de la bañera, llegando a tomar contacto con el suelo únicamente después de caer sobre el dedo meñique de tu pie. De hecho, se conoce que hay gente que para evitar este lamentable suceso se ducha con guantes de fregar, así el bote no resbala, o con botas de puntera de hierro.
Ahora, después de asegurarle a nuestra madre que estamos bien a pesar del estruendo provocado, una vez que tenemos el bote cogido hay que abrirlo y, justamente aquí, es donde el diseñador volcó todo su malévolo ser -Sauron forjando el Anillo Único no hacía más que una travesura a su lado-. Los cierres suelen ser pequeñas bolitas o trozos de plástico super planos, con diminutas muescas, que se supone debemos ser capaces de abrir con las manos mojadas. Normalmente, tras varios intentos de destrozarse las falanges, se acaba por abrir el tapón con la boca, momento en el que tras una breve resistencia se abre de golpe, llenándote la boca de gel. Y creedme, aunque huela a miel y romero el gel sabe a jabón.
Llegados a este punto, si todo ha ido bien, tenemos el bote abierto. Pero como no podemos verter el gel en la esponja porque necesitamos las dos manos para cogerlo, tenemos que hacer uso de toda nuestra inteligencia para conseguir resolver tan delicada situación, algo muy similar a las pruebas con chimpancés de waku-waku. Sin más, cogemos la esponja bajo la axila, y forzando las articulaciones de los brazos volcamos el gel en la esponja, no sin antes derramar el 30% gratis por todas partes. Devolvemos el gel a su sitio, se nos cae la esponja al levantar el brazo, al intentar cogerla antes de caer al suelo volvemos a tirar los botes medio vacíos que están cabeza abajo para apurar su contenido, recogemos los botes, ahora se vuelve a caer el gel ya que el envase es demasiado estrecho para la altura que tiene, mamá vuelve a llamar a la puerta preguntando si estamos tontos o qué, pero finalmente todo queda en su sitio.
Por fin estamos satisfechos, tenemos gel en la esponja, y sólo queda frotarnos. ¡Ah! Pero la esponja resulta que es de esas de crin de caballo -aquí estuvo agudo el que le puso el nombre- que se usan para arrancar la piel muerta... y la viva. Si no tienes cuidado cuando sales parece que hayas estado cortando jamón. Con muchos ¡ay! y ¡joooder! acabas de enjabonarte y, ahora sí, el agradable aclarado. Pero, a estas alturas, tu madre, ya harta de esperar a que salgas de la ducha ha puesto la lavadora. Total, que chorros glaciales e hirvientes se alternan para enriquecer tu ducha.
Y ahora, queridos amigos, ya estamos duchados. Te miras al espejo y pareces una langosta recién fugada de la cocina de Arguiñano, pero estás limpito y contento. Te has ahorrado un 30% de gel con el formato ahorro.