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Los lunes sin sol

Siempre había pensado que el sol no era más que un estorbo.
Debido a su trabajo a la intemperie y gracias al calentamiento global, tenía que soportar cada vez más y más jornadas laborales a pleno sol. Era realmente molesto, más cuando su horario era larguísimo: desde el alba hasta el anochecer.
A veces pensaba que ójala hubiera elegido otro trabajo pero, a decir verdad, él no había elegido el suyo, más bien su trabajo le había elegido a él. Lo llevaba en los genes, si es que podía decirse así. Por tanto, sólo podía quejarse amargamente del maldito sol y esperar que una fina lluvia refrescara su abrasada piel proporcionándole un descanso. Claro, que si la lluvia era frecuente tampoco le hacia demasiada gracia.
Pero todo eso se había acabado. Ya no tenía que quejarse más por los elementos. Y justamente eso era lo que le hacía estar triste, su ciclo había terminado. Ya no había sol... ni lluvia... ni trabajo. En cuanto edificaron aquel maldito edificio todo terminó: su larga sombra proyectada sobre el resto de casuchas del casco antiguo había sido la cruel metáfora de su final.
Al fin y al cabo, ¿qué podía hacer un reloj de sol al que nunca le llegaba luz?

Medalla de honor?

Agazapado detrás de una rocas, cubierto como estaba de polvo, exhausto hasta decir basta, era la persona más feliz del mundo.
Había pasado los últimos meses combatiendo en un lugar extraño por unos ideales que no eran los suyos. Las muertes que había cobrado le valieron muchos galones en su casaca y un tremendo pesar en su corazón. Aquellos hombres tenían el mismo motivo que él para permanecer allí rehuyendo a la muerte: sobrevivir.
Sin ir más lejos, durante las últimas horas había formado parte de la mayor ofensiva militar de la historia. Y había valido la pena.
Cansado de sentir el susurro de la muerte junto a su oído, de arriesgar su vida por defender una posición que le decían era estratégica, se presentó voluntario para la última batalla. Antes del amanecer ya se encontraba avanzado hacia el búnker. Al despuntar el alba cayeron sobre el edificio enemigo. Las balas silbaron, estallaron los obuses, sus compañeros caían aquí y allá. Mataban y eran matados por decenas. La muerte se cebó con la zona. Todos ellos sabían que no había nada más: ganar y vivir libres o caer en el olvido.
Largas horas duró la contienda, pero finalmente un movimiento estratégico de su pelotón les permitió envolver el búnker por dos flancos. Mientras sus compañeros atraían el fuego hacia si, ellos sorprendieron al enemigo. No dejaron alma con vida en aquel lugar.
Un anuncio por radio transmitió la noticia al resto del ejército. Al cabo de pocos momentos el país entero conoció la buena nueva. La guerra había acabado.
Había merecido la pena estar allí, al fin y al cabo, aquellos hombres devolvieron a sus gentes el auténtico don de la vida: la libertad.
Ahora pensaba en la medalla que recibiría, en el tratamiento especial con el que iba a ser recompensado... pero no le importaba. Había obtenido mucho más de lo que esperaba antes de aquel amanecer. Sólo quería descansar y olvidar aquel horror.
Sin más, se levantó de la silla frente al televisor y apagó la videoconsola.

La Ciudad de Piedra

La Ciudad de Piedra es un lugar elevado rodeado de verde y fresca hierba. No siempre luce el sol; a menudo poderosas nubes cubren el horizonte y la blanca tonalidad de las piedras se vuelve gris, pero cuando el sol retorna siempre lo hace con una intensidad que no se recordaba. También llueve: el agua riega la tierra que sirve de asiento a la ciudad. Y lejos de hundirla, hace crecer la hierba que alimenta a las criaturas que pasean entre las recias paredes, dando vida a la ciudad. Expuesta como está a los elementos -debido a su privilegiada situación-, el viento suele azotarla provocando un sonido único al silbar entre las piedras, dando a la ciudad una voz propia sobre el valle que domina.
Sombría y triste, luminosa y cálida al mismo tiempo. Vacía, sumida en un silencio del que nadie sabe si jamás despertará. Una calma tensa cubre la ciudad como un manto que en cualquier momento pudiera caer, revelando una frenética actividad. Un lugar donde el tiempo se para a tomar el té, cansado de desgranar los segundos.
Muy pocas personas han caminado alguna vez por sus empedradas calles, y menos todavía han podido observar el amanecer desde la ostentosa plaza. Sin embargo, la ciudad siempre soñó con algún aventurero merecedor de ello osado a emprender la marcha.
Si, es un lugar peculiar, más aún cuando nadie la conoce salvo por palabras de otros que dicen haber oído hablar de ella.
No se si he dicho algo sobre el nombre. ¿Qué es para ti la Ciudad de Piedra?