Last drop falls

Hoy, tras muchísimo tiempo sin escribir en el blog, me he decidido a poner algo.
Esta vez no voy a contar ninguna historia vestida de monólogo. Simplemente voy a escribir algunas líneas que espero me sirvan para forzarme a escribir en el futuro próximo.
Vengo pensando desde hace un tiempo en crear una serie de monólogos, como los que suelo publicar, dedicados al personal que pulula por mi oficina. Hoy, tras salir dos horas y algo por encima del fin de mi horario como colofón a algo que viene siendo habitual, he decidido llevarlo a cabo. Y por qué justamente hoy, pensaréis. Pues bien, por un lado pretendo criticar con algo de humor (que sería de los informáticos profesionales sin él) la situación a la que nos vemos sometidos en el mercado laboral, y por otro, es que se me han hinchado las pelotas tras ver cómo el ente que se sienta delante de mí ha estado tres horas al teléfono gestionando la renovación de su DNI, se ha marchado a su hora, y yo me he comido su marrón "sobre la bocina" y a costa de mi salud (y del ensayo de mi banda).
Ese ente se llama Rosa Mari, y será la protagonista. Un personaje redondo. Tal vez algunos creeréis que las historias son inventadas, otros veréis reflejado en ella a vuestro responsable de proyecto y otros ni lo leeréis. Pero bien os prometo que la serie estará basada en hechos reales.
El primer capítulo, este fin de semana.

iLevante ofertas y concursos

¡Bienvenidos amigos! Frikiosaurio quiere veros contentos, por eso, os hago saber que la web http://www.ilevante.com/ ha publicado un concurso que termina el 15 de julio (asi que aún estáis a tiempo) donde se os da la oportunidad de conseguir uno de los dos objetos que babeando contemplais con la mirada fija en las tiendas... sí, hablo de la Nintendo Wii y de la Xbox360 de Microsoft. Bien, el concurso es simple, hacer una entrada en vuestro blog como esta, relacionada con iLevante.com (sin copiar ¡eh!) y seguir los pasos que os indican aquí, en http://www.ilevante.com/concurso.php, y listo, entraréis en concurso.
Y es que amigos esta web tiene gangas de cuidado, mención especial requiere el "oscuro objeto de deseo" de Sony, la Playstation3, por 569€, un precio más que razonable, teniendo en cuenta que en las tiendas habituales la encontraréis por 600€. Además te la traen a casa en 24 horas, así no tienes que cargar con ella por la calle y que te la robe algún listillo freak (como servidor).
Pues bien, aquí concluye mi publicación patrocinada por iLevante.com y lo dicho, ¡a participar!, que como véis no cuesta nada, entrando en http://www.ilevante.com/.

Cantando bajo la lluvia

Todos hemos podido recordar estos meses pasados lo que es la lluvia y, una vez más, hemos podido comprobar que la humanidad no está preparada para un día de lluvia.
Para empezar, sobretodo en sitios donde no es habitual que llueva, te encuentras con que la gente lleva calzado normal. Que más da que se estropee, si yo me tengo que poner mis zapatitos de tacón de piel natural pues me los pongo y se acabó. ¿Que se me mojan los pies?, pues nada, esta noche arrugadillos como garbanzos.
Luego comprobamos que las ciudades no se construyeron para soportar lluvias. En cuanto han caído cuatro gotas, las alcantarillas rebosan, los semáforos se apagan, la luz se va y aparecen charcos hasta en superficies cóncavas. Mis preferidos son los charcos fantasma, esos charcos que tú no ves pero están ahí. Pasas a toda prisa para llegar cuanto antes a refugiarte en alguna parte y de repete oyes “chofffffffffff choffffff”. Miras hacia abajo y llevas el pantalón mojado hasta las rodillas, es inevitable.
Por otra parte, los conductores gozan los días de lluvia más que nadie. Van ahí a cubierto, mirándote con retintín desde detrás del parabrisas mientras tú te mojas como un pollo. Aquí es donde aparece el conductor hijodeputa, que aprovecha una calle estrecha con aceras estrechas, para pasar a toda velocidad y salpicar a todos los peatones de cintura para arriba.
Además, por si todo esto fuera poco, el peatón en día de lluvia se encuentra con dos problemas graves más. El primero es el alto índice de resbalabilidad que presentan los materiales de que se hacen las aceras de las ciudades y la pintura de los pasos de cebra. Vamos que o vas a pasito de tortuga para evitar las caídas y posteriores risas del público, o te compras unas zapatillas para lluvia como las ruedas de Alonso.
El segundo problema es más grave, ya que se trata de Ella. Sí, todos la conocemos aunque nadie sabe su nombre. Es esa abuelita de aspecto inocente y metro cuarenta de altura que te cruzas por la calle. En la mano empuña su paraguas del siglo XVIII, de esos de pinchos brutales como si fuera a irse al parque a recoger basura, que además tienen una especie de radios de metal acabados en punta que sostienen la tela. Cuando la ves aparecer en el horizonte ves que te mira: sabe que tienes miedo. Sigues acercándote, mientras ella te sigue mirando y se va posicionando en el centro de la acera. Entonces comprendes la verdad: la acera no es suficientemente ancha para los dos… y Ella no va a apartarse. Los pinchos de su paraguas te vienen a la altura de los ojos, ves como se acercan, ves como aprieta en puño y entonces se produce el choque. Resultado: te apartas en el último momento bajando a la calzada, chapoteas en un charco fantasma, un coche te pita, vuelves a la acera, el coche te salpica y acabas con los pantalones empapados.
Aquí es donde me llama la atención la ley no escrita de los paraguas. Se supone que si no llevas paraguas, los que sí que tienen deben dejarte pasar por debajo de las cornisas para protegerte. Se supone que cuando te cruzas con alguien debes apartar el paraguas hacia el lado contrario o subirlo. En la realidad todo se traduce en mantenerse seco uno mismo, proteger los ojos de los pinchos de los paraguas y que se jodan los demás.
Con todo esto, cuando llegamos donde íbamos hacemos una pinta ridícula, ya que no se sabe porqué, nadie va mojado excepto nosotros. Entonces aparece el graciosillo de turno (mientras dejas tu paraguas reglamentariamente en la papelera más cercana) que te suelta aquello de: “¡hombre tío!, ¿has venido nadando o qué?”. Tienes ganas de mandarlo a él a nadar en la piscina de Piraña, pero sonríes y balbuceas algo acerca de una abuela.