Estertores navideños

Hoy, cuando he salido a la calle bajo el frío aire matinal, he tenido la extraña sensación de que algo no estaba donde debería. He palpado los bolsillos de la chaqueta, pero todo estaba en su lugar. La obra de la calle de al lado seguía donde la dejaron ayer. Los coches aparcados en su sitio. He seguido caminando a fin de no llegar tarde al trabajo, escrutando el camino a ver si me daba cuenta de qué producía esa asfixiante sensación.
El dueño del bar de la plaza estaba fumando en la puerta como cada mañana, el repartidor de fruta llegaba al restaurante, las empleadas del banco estaban sentadas en sus puestos, las mismas personas de cada día se cruzaban conmigo… y seguía sin saber qué era.
De repente he girado la esquina que da a la avenida. Allí la sensación era más apabullante, algo faltaba en la escena. Me detengo de nuevo cabizbajo, incapaz de descifrar ese acertijo matinal. Mis congeladas neuronas se niegan a ponerse en marcha tan temprano, y como última opción miro a los cielos esperando la revelación. Todo es cuestión de décimas de segundo, la revelación no se hace esperar.
Una sonrisa acude a mis labios cuando descubro que las hordas de “Papá Noeles” que dominaban la ciudad se han marchado. Tal vez sea que esta noche llegan los Reyes Magos y los dueños de las viviendas, no quieren arriesgarse a que éstos se pasen de largo al ver que el viejo barrigudo ya ha pasado por ahí, o quizá se han cansado de colgar del dintel esperando a que alguien les abriera la ventana para dejar los regalos. Pero al fin y al cabo, estos muñecos con complejo de spiderman que han invadido ciudades a lo largo de todo el país (y que a mi me parecían monos amaestrados para robar en las casas) nos han dejado, y no volveremos a verlos en todo un año. Disfrutemos de este tiempo sin siquiera preguntarnos qué nueva plaga navideña asolará el País el año próximo.

¡Feliz año 2007 a todos, el único con licencia para matar!.

Poquet a poquet se fa paret

Llega septiembre. Mes de propósitos, planes, depresión postvacacional, atascos, vuelta al cole, colapsar gimnasios, reencuentros, cenas, vuelta a la rutina, papeleos, desembolsos importantes, obras inacabadas, programación de otoño y una larga lista. Pero si por algo se caracteriza septiembre no es por la vuelta de Gran Hermano, sino por los coleccionables.
Desde los más oscuros rincones de los almacenes más oscuros de las editoriales, planificados por la más oscura de las mentes de los oscuros trabajadores, llegan en masa, cientos y cientos de ellos. Atrapan a incautos quiosqueros en sus puestos de trabajo, obligándoles a venderte el periódico tras un inexpugnable muro de casitas de muñecas y abanicos del siglo XVIII.
La verdad es que hay coleccionables de todo tipo, aunque hoy en día se repiten más que la capa de Ramón García. Los hay absurdos, grotescos, curiosos, inútiles, llamativos, estrambóticos, vamos, para todos los gustos. Hay de esos de monta tu propia República Bananera con Cártel, en fáciles pasos, o construye tu propio Submarino Nuclear B-12. Que te paras a contarlo y te sale más barato comprar directamente el cacharrito de marras, además para cuando tengas todas las piezas (que no digo ya montado) a tu nieto le han salido canas.
Lo mejor de este tipo de colecciones es la planificación de la entrega de piezas. Siempre te dan una pieza lógica (entendamos lógica como una pieza por donde es viable comenzar la construcción) y otra de decoración, que no te sirve de nada hasta el final. Ejemplo: con la primera entrega, el núcleo del condensador de flujo de tu DeLorean para viajar en el tiempo y el perrito que mueve la cabeza para la bandeja de atrás, o con el primer fascículo un pilar maestro de la nave principal de tu catedral gótica y el tirador de acero forjado para la puerta.
Después están los coleccionables engañabobos. Relojes, abanicos, muñecas indochinas únicas de colección, y en el anuncio sale un vejete con pinta de artesano ancestral diciendo "nunca había visto uno/a como este", y te remarcan que son piezas únicas. Muy bien, ¿cómo van a ser únicas si es un coleccionable que tiene una tirada de 100.000 unidades?.
También está la regla de que la primera entrega tiene que valer menos de cinco euros, cuanto más bajo mejor para enganchar bien, y siempre que sea x euros 95 céntimos, que parece más barato.
Encima, cada año salen los mismos coleccionables pero con la cara lavada. El robot cutre de hace dos años ahora habla, y el año que viene será un cyborg. En lugar del coche de Alonso montamos el avión del Barón Rojo. La casa de muñecas chinas, ahora es de neozelandesas. Los abanicos sustituyen a los soldados medievales. Y así seguiremos hasta el fin de los días de la civilización moderna.
Bueno, pues yo os dejo que tengo que ir a comprar mi fascículo de crear mi propio Eje del Mal, con la primera entrega me viene un enriquecedor de plutonio y un turbante para mi jefe de estado.

La playa (pero no la peli de Di Caprio)

El otro día decidí cambiar mi moreno pantalla TFT por un moreno real, así que, ni corto ni perezoso, me planté en la playa. A pesar de no haber ido en todo el verano, la verdad es que vi cosas que nunca cambian.
Para empezar, los autobuses que llegan van más cargados que un tren indio. Se abren las puertas y la gente sale a reacción estilo marine americano, lo único que su objetivo es plantar la sombrilla en alguna parte. Pues bien, llegas a la playa, y lo primero que te encuentras es una gran extensión de arena ardiente. No importa que lleves chanclas, ni que haya pasarela de madera (normalmente demasiado corta), si no tienes las plantas de los pies como un hobbit parece que estés pasando por encima de la cenizas en la fiesta de San Juan.
Al final de nuestra travesía (tras haber cavado pequeños hoyos para enfriar los pies) llegas a una zona donde cabe tu toalla, así que la extiendes, miras al mar, y te tumbas. Disfrutas del olor del mar, de la brisa fresca. Ahora es el momento de ponernos bronceador a fin de evitar convertirnos en Rodolfo Langostino. Nos protegemos como buenamente podemos y ya estamos listos para tomar el sol.
Nos relajamos, oimos el rumor del agua, los sonidos de nuestro alrededor y nos empieza a entrar sueño. Seguimos disfrutando de nuestro disco de chill-out marino en directo, mientras cada vez los sonidos son más lejanos... y entonces aparece Él. Un personaje que nunca falta en las playas, no, no es el socorrista, tampoco el vendedor de alfombras. Es el niño de cerca de cinco años que corretea alegremente por la playa.
Justo en el momento en que estás a punto de lograr la paz interior, el niñito te corta el camino al Nirvana pasando por tu lado a toda velocidad, arrojando sobre ti toda la arena que es capaz de levantar. Te incorporas fastidiado, pero al fin y al cabo es un niño. Al momento el niño vuelve a pasar por tu lado, esta vez mojado, arrojándote arena y agua fría. Al cabo de una cuantas repeticiones te preguntas por qué con el sitio que hay siempre pasa por tu lado, que encima no le viene de camino. Como colofón, vuelve a aparecer el niño, pero esta vez seguido de su madre de volumen ligeramente mayor al de su hijo, así que la cantidad de arena sobre ti es esta vez aún mayor.
A estas alturas estas harto de tomar el sol, así que decides ir a bañarte, no sin antes recordarte que estás entre las sombrillas de San Miguel y Kodak. Conforme vas entrando en el agua fría, oyes un chapoteo acercarse y te giras a tiempo de ver al pequeñín entrar en tromba con el amiguito que ha hecho hoy salpicándote completamente. Claro, que si vas con amigos siempre hay uno que salpica a los demás, siempre. Bueno, como tenías que mojarte igualmente no le das demasiada importancia, y ya que estás en el mar decides estirar los músculos, así que nadas un poco hacia dentro. Pero la gente de alrededor te mira de forma inequívoca, en sus ojos se lee "¡mira!, ese va a mear".
Decides volver a un sitio donde hagas pie y te quedas ahí embobado un rato. Ensimismamiento del que te saca una pelota hinchable de Nivea. La recoges y se la devuelves al niño de antes que ya se ha montado un equipo de waterpolo. Al rato, un par más de chavales en barca pasan por tu lado casi arrollándote y tres más hacen volcar la colchoneta donde iba montada una jovencita. Y es que la playa tiene ese curioso efecto en la gente, te entran ganas irrefrenables de hundir la cabeza de los demás en el agua, de salpicarles y de hacerles todo tipo de perrerías acuáticas.
Al fin decides volverte a tu toalla. Llegas y te encuentras con ella llena de arena, así que no te queda más remedio que secarte al sol tras la ducha con agua dulce. Cuando vuelves a notar la piel caliente, es hora de irse, así que metes tu toalla llena de arena en tu mochila llena de arena, y te vuelves a casita. Un año más hemos cumplido con la ancestral tradición de ir a la playa.